1.- Contexto y territorio
1.1.- Arquitectura hecha con las manos, al alero de lo humano
El trazo sobre papel, la maqueta sobre una mesa de trabajo, el croquis garabateado al margen de una reunión: estos gestos son el núcleo cognitivo y emocional desde el cual la arquitectura ha dado forma al mundo habitable durante milenios. Ray Kurzweil describe la singularidad tecnológica como el umbral en que la inteligencia artificial superará la capacidad cognitiva humana1.
Este proyecto se inscribe conscientemente en el período que lo antecede: el tiempo en que todavía es el arquitecto quien sintetiza en una planta de hospital la cosmología de un pueblo, la geografía de una bahía y la experiencia de un paciente. El tiempo en que la arquitectura es, antes que cálculo, emoción proyectada.
En el contexto latinoamericano y chileno, la arquitectura hospitalaria pública ha tendido a reproducir tipologías importadas, desatendiendo lugar, clima y cultura local. Smiljan Radić —Premio Pritzker 2026— representa una línea disciplinar que entiende el territorio como texto arquitectónico: sus primeras construcciones en el sur rural de Chile y el archipiélago de Chiloé echaron mano de técnicas ancestrales y de imágenes propias del paisaje austral, demostrando que es posible construir arquitectura pública desde la especificidad del lugar2. Esta posición es la que el Hospital de Lebu recoge y radicaliza en el ámbito de la salud.
1.2.- El territorio de Arauco como materia prima
El Hospital de Lebu se emplaza en la costa de la provincia de Arauco: cerros que descienden al Pacífico, una bahía de notable presencia visual y una comunidad arraigada a la identidad lafkenche del pueblo mapuche. Esta condición territorial no es un telón de fondo, sino la materia prima del proyecto: la posibilidad de construir un establecimiento de salud que dialogue genuinamente con su comunidad, su cosmología y su entorno natural, desde la sensibilidad irreemplazable de la inteligencia humana creadora.
2.- Forma y cosmología: narrativa cultural
El anteproyecto que recibimos como punto de partida había sido desarrollado por el equipo de arquitectura del Servicio de Salud Arauco en un extenso proceso participativo con la comunidad, el Estado y el territorio. Ese trabajo previo estableció un partido general de gran potencia simbólica: la planta del edificio asume la forma sinuosa de la serpiente Treng Treng Vilu de la cosmología mapuche, figura mítica asociada a la tierra, la protección y la resiliencia3.
Nuestra tarea como consultores fue tomar ese partido y desarrollarlo hacia el proyecto de ejecución de obra. Pero más que una tarea técnica, fue una oportunidad: la de reconocer en profundidad esa realidad local y sumar a ella nuestra propia trayectoria y manera de hacer arquitectura. Lo que esa suma produjo es lo que este artículo intenta transcribir, sabiendo que un proyecto de esta envergadura siempre será más grande que las páginas que lo describen.
Al asumir la consultoría, la fachada sur del anteproyecto aprobado presentaba un cerramiento continuo de cristal con lamelas verticales de madera, decisión que respondía a la voluntad de dar legibilidad a la forma sinuosa del edificio, pero que generaba consecuencias críticas en el contexto costero de Lebu: alta transmitancia térmica, cámaras de aire intermedias propensas a la proliferación de vectores biológicos y elevados requerimientos de mantenimiento.
Al revisar el proyecto, identificamos una oportunidad de mejora sustantiva: la comunidad de Lebu está profundamente vinculada a la faena de pesca artesanal, y la escama —presente tanto en la serpiente mítica como en el pez que cada día llega a la mesa de los hogares— se convirtió en el elemento generativo de una nueva envolvente para la fachada sur. Su geometría de protección, superposición y resistencia resultó especialmente pertinente: la escama porta de manera intrínseca en la naturaleza los mismos atributos de resistencia al viento y la humedad que la fachada sur requería.

La escama constituye así un ejemplo preciso de tecnología pasiva al servicio del cuidado: resuelve simultáneamente identidad cultural, control climático y seguridad sanitaria del entorno, sin infraestructura activa adicional. La consultoría propone dos orientaciones de mejora desarrolladas en etapas sucesivas, sin alterar el partido aprobado:
Nota de diseño — Cara sur: Reemplazar el cerramiento acristalado continuo y las lamelas verticales por una piel de escamas que alterna llenos y vanos estratégicos. Esta operación reduce la transmitancia térmica de la envolvente, suprime las cámaras de aire intermedias que en climas húmedos favorecen la proliferación de vectores biológicos, y disminuye el costo y la complejidad de mantenimiento a largo plazo. La forma sinuosa del edificio —hasta entonces legible solo en planta— adquiere en fachada la textura y el volumen de la escama, haciendo visible desde la ciudad la narrativa cultural del proyecto.
Nota de diseño — Cara norte y techo vivo: Aleros sinuosos y texturas terracotas integran el edificio al cerro. Un techo vivo extensivo —cubierta ajardinada con sustrato vegetal continuo— regula térmicamente la envolvente superior, gestiona aguas pluviales y mantiene una relación visual terapéutica con los pacientes hospitalizados.
3.-Diseño basado en evidencia, neuroarquitectura y estrategia cromática
El Diseño Basado en Evidencia (DBE) en entornos hospitalarios demuestra el impacto del entorno físico sobre los resultados clínicos y el bienestar de pacientes y trabajadores. El estudio seminal de Ulrich demostró que pacientes con vistas a árboles requerían menor analgesia y presentaban altas más tempranas que quienes tenían vistas a muros4.
La neuroarquitectura aporta un marco científico para decisiones que van desde la proporción de los espacios hasta la selección de paletas cromáticas, documentando que entornos con iluminación natural suficiente y control acústico adecuado reducen los marcadores fisiológicos de estrés5.
Una consecuencia virtuosa surge del cruce entre cosmovisión mapuche y gestión clínica: por interpretación intercultural, todas las cabeceras de cama se orientan hacia la salida del sol, produciendo salas de planta idéntica. Investigaciones en gestión de enfermería han documentado que las salas con camas de orientación variable incrementan la probabilidad de errores en la administración de tratamientos6. En el Hospital de Lebu, el saber cosmológico y el saber clínico convergen en una misma decisión espacial.

Cada nivel del edificio recibe una paleta dominante que vincula estados emocionales, programa clínico e identidad cosmológica. El nivel -1 adopta una atmósfera de naturaleza, tranquilidad y esperanza —verdes apagados, ocres y tierras, con vegetación que penetra el interior sin solución de continuidad. El nivel 1, bajo el referente de Treng Treng, expresa calidez, estabilidad y seguridad mediante ocres cálidos, grises arenosos y madera, como extensión de la ciudad al interior. El nivel 2, bajo Kai Kai, privilegia recogimiento y serenidad en azules desaturados y lavandas: los tonos fríos reducen documentadamente la frecuencia cardíaca y relajan la musculatura7.
El nivel 3 adopta vitalidad, alegría y optimismo —amarillos suaves y naranjas pasteles—, paleta que en hospitalizaciones pediátricas reduce la ansiedad y mejora la percepción del cuidado familiar8. El visitante que asciende experimenta la transformación mítica de Treng Treng a Kai Kai: la arquitectura se convierte en un relato habitable.
Esta estrategia cromática adquiere una dimensión técnica decisiva articulada con pinturas minerales al silicato: su estructura molecular higroscópica permite el intercambio de vapor de agua entre soporte y ambiente interior, reduciendo la acumulación de humedad superficial —proliferación de hongos y microorganismos— sin biocidas incorporados.
Estudios en edificios hospitalarios europeos han documentado menor incidencia de condensaciones y recuentos microbiológicos inferiores frente a pinturas plásticas equivalentes9. En el contexto costero y húmedo de Lebu, la pintura al silicato no solo aporta el color: actúa como reguladora silenciosa de la calidad del aire.
4.- Biología del hábitat: el interior como entorno saludable
La Biología del Hábitat (Baubiologie) estudia las relaciones holísticas entre el ser humano y su entorno edificado. El concepto de exposoma —la totalidad de factores ambientales a los que un individuo se expone a lo largo de la vida— permite comprender la magnitud de estas decisiones: la exposición habitual a disruptores endocrinos, COVs (Compuestos Orgánicos Volátiles) y formaldehído presentes en materiales convencionales se ha asociado a afecciones respiratorias, alteraciones del sistema nervioso y procesos neoplásicos10.

El proyecto especifica superficies higroscópicas permeables al vapor de agua; elimina el formaldehído y los COVs de la especificación; promueve madera maciza y pinturas minerales al silicato certificadas; evita el PVC y reduce el aluminio. La especificación de placas cementicias con caliza en superficie y lana de vidrio libre de formaldehído y fenoles convierte cada decisión de materialidad en un acto de cuidado hacia quienes habitarán el edificio durante décadas.
En un establecimiento de esta envergadura, donde las exigencias técnicas, normativas y de certificación conducen habitualmente al uso masivo de productos importados —especialmente en revestimientos y terminaciones—, la incorporación de madera como material predominante constituye en sí misma una declaración de principios: es el único material de proximidad disponible a escala en la región, y su uso intensivo en circulaciones, cielos y superficies de permanencia responde tanto a criterios de Biología del Hábitat como a una voluntad de arraigo territorial.
Estudios en entornos hospitalarios han documentado que los materiales de construcción y terminaciones constituyen fuentes relevantes de COVs y formaldehído en el aire interior, con efectos directos sobre la salud de pacientes y personal15.
Los materiales higroscópicos, por su parte, actúan como reguladores pasivos de la humedad relativa interior: investigaciones en edificios con estructuras permeables al vapor demuestran que esta capacidad de intercambio reduce los picos de humedad superficial, mejora la calidad percibida del aire y disminuye las condiciones propicias para el desarrollo de microorganismos16. Esta regulación pasiva resulta especialmente pertinente en Lebu, donde la acumulación de humedad en superficies es un factor crítico de deterioro y riesgo sanitario.
Este enfoque no es ajeno a la tendencia regulatoria internacional. El Reglamento Europeo de Productos de Construcción (UE) 2024/3110, vigente desde enero de 2025, introduce por primera vez pasaportes digitales de producto, transparencia ambiental obligatoria y restricciones explícitas a sustancias peligrosas —incluyendo disruptores endocrinos— en materiales de construcción comercializados en la Unión Europea, marcando un punto de inflexión en la industria global del retail de la construcción17.
Desde la perspectiva del lema “La tecnología al servicio de lo esencial”, estas decisiones de materialidad trascienden lo estético: la eliminación de COVs y formaldehído de la envolvente interior es una decisión de seguridad sanitaria del entorno. La preferencia por materiales de larga vida útil optimiza los flujos de mantenimiento del edificio, disminuyendo las intervenciones que interrumpen la operación clínica. La tecnología, aquí, sirve al cuidado humano sin hacerse visible.
La aplicación sistemática de estos criterios en un establecimiento hospitalario público resulta infrecuente en el contexto latinoamericano. La literatura revisada documenta ampliamente el problema, pero no registra casos de hospitales públicos de la región que hayan incorporado la eliminación de estas sustancias como criterio de especificación desde la etapa de proyecto.
En ese sentido, el Hospital Santa Isabel de Lebu aspira a constituir un precedente: el de un establecimiento público que trata la calidad del aire interior de manera pasiva —a través de los propios materiales de la arquitectura— en lugar de depender exclusivamente de sistemas mecánicos activos de ventilación y climatización. Al momento de redactar este artículo, no contamos con referencias de otros establecimientos de salud que hayan aplicado estas estrategias de manera integral desde la especificación de proyecto.
5.- Paisajismo ecosistémico y biofilia
El paisajismo ecosistémico entiende la vegetación no como decoración sino como infraestructura ecológica activa, capaz de sostener biodiversidad, gestionar aguas pluviales y regular el microclima del edificio. En el Hospital de Lebu, esta aproximación se traduce en una estrategia de paisaje que prioriza las especies nativas de la costa de Arauco —plantas y arbustos propios del bosque esclerófilo costero y de la flora lafkenche— como base del diseño exterior e interior.
La incorporación de algunas especies exóticas de bajo mantenimiento en espacios interiores responde a criterios de adaptabilidad al ambiente controlado del hospital, sin comprometer el espíritu de arraigo territorial que guía el proyecto.
El concepto de biofilia, desarrollado por Wilson y Kellert, propone que la afinidad humana hacia los sistemas vivos es innata; estudios clínicos demuestran que la visión de vegetación reduce la fatiga cognitiva, disminuye el cortisol y mejora el estado de ánimo en pacientes hospitalizados11. Patios interiores llevan luz y vegetación a las zonas más profundas de la planta.

Las plantas descontaminantes de bajo mantenimiento —spatifilium, dracenas, sansevierias, ficus, helechos— se ubican en puntos estratégicos y de alta visibilidad: halls, recepciones y salas de espera. Esta localización no es casual: concentrar la vegetación interior en lugares visibles y accesibles facilita su mantenimiento por parte del operador del hospital, reduciendo el riesgo —frecuente en establecimientos públicos— de descuido por dispersión o por costos operativos elevados.
La estrategia apuesta por menos plantas, mejor ubicadas, que aporten simultáneamente a la calidad del aire interior y a la experiencia biofílica del usuario, sin generar una carga de mantenimiento incompatible con la operación cotidiana del establecimiento.
Los techos vivos contribuyen a la biodiversidad local, la gestión de aguas pluviales y el aislamiento térmico pasivo. La integración de especies medicinales de la farmacopea mapuche en los jardines constituye además un gesto de reconocimiento intercultural: medicina occidental y conocimiento botánico lafkenche coexisten en el espacio del hospital.
6.- Iluminación, acústica y confort pasivo
El diseño luminoso parte de la comprensión del ritmo circadiano y de las condiciones de iluminación natural que el propio edificio propicia. La orientación norte de las salas de hospitalización —decisión que emerge del cruce entre cosmovisión mapuche y eficiencia clínica— garantiza luz solar directa en los espacios de mayor permanencia de pacientes.
Los patios interiores y los vanos estratégicos de la fachada sur complementan este ingreso de luz natural, generando un gradiente lumínico que varía a lo largo del día sin requerir intervención artificial. Investigaciones en cronobiología hospitalaria demuestran que la exposición a espectros de luz natural adecuados favorece la sincronización del reloj biológico, mejora el sueño y reduce la depresión en pacientes12.
La iluminación artificial se especifica por temperatura de color según uso clínico: cálida (2.700–3.000 K) en hospitalización y salas de espera, neutra (4.000 K) en trabajo clínico, fría (5.000–6.000 K) en diagnóstico y cirugía. La tecnología LED, especificada con equipos de alta vida útil y recambio de lámpara sin sustitución de luminaria, reduce las intervenciones de mantención en sectores de uso intensivo —una optimización directa del flujo operacional del hospital.
El control acústico equilibra aislamiento y absorción según cada espacio. La reverberación en circulaciones —reconocida en la literatura como fuente significativa de estrés en entornos hospitalarios— se reduce mediante cielos perforados con velo acústico interior y lana mineral en el pleno, combinación que alcanza coeficientes de absorción (α) superiores a 0,80 en frecuencias medias, rango crítico para la inteligibilidad de la palabra y la percepción de privacidad13.
Los pisos de caucho natural en circulaciones absorben el impacto del tráfico de camillas y sillas de ruedas, reduciendo el ruido de impacto en más de 15 dB respecto de pavimentos duros convencionales. La privacidad acústica entre unidades de hospitalización se garantiza mediante tabiques con lana de vidrio libre de formaldehído y fenoles, en coherencia con la especificación de Biología del Hábitat descripta en la sección anterior.
El confort térmico se gestiona preferentemente mediante diseño pasivo: la orientación norte de las salas maximiza la ganancia solar en invierno; la envolvente de escamas en fachada sur minimiza las pérdidas; el techo vivo aporta inercia térmica superior y gestiona aguas pluviales. Los sistemas de climatización activa se conciben como complemento de bajo movimiento de aire, minimizando la sensación de corriente en espacios de reposo.
7.- Identidad y ambientación empática
La ambientación interior del Hospital de Lebu no se concibe como un conjunto de decisiones de acabado que acontece después de la arquitectura, sino como parte constitutiva del proyecto desde su origen. Recorridos, salas de espera, recepciones y zonas de hospitalización son entendidos como escenarios de experiencia que deben ofrecer a cada usuario —paciente, familiar, trabajador— un entorno que reconozca su dignidad y su historia cultural.
Este enfoque ha demostrado efectos mensurables: reducción de la ansiedad preoperatoria, mejora de la satisfacción usuaria y disminución del tiempo percibido de espera14. El lineamiento central es que cada espacio noble cuente con una identidad propia articulada por color, materialidad y luz, de modo que quien lo habite se oriente de manera intuitiva y reconozca en el edificio un entorno que también le pertenece.
Conclusión: en el umbral de la singularidad

La forma en serpiente Treng Treng Vilu no es una metáfora decorativa: es la expresión de una posición disciplinar que entiende la arquitectura como acto de hospitalidad. Los materiales no son neutros: son decisiones éticas sobre el aire que respiran los pacientes. Los colores de cada piso son instrumentos clínicos con respaldo fisiológico, amplificados por pinturas al silicato que trabajan silenciosamente contra la humedad y el moho. El techo vivo no es jardinería: es envolvente terapéutica. El paisaje no es el fondo del proyecto: es su razón de ser.
Toda esta complejidad fue concebida por personas que pensaron con sus manos, que caminaron el territorio de Arauco, que escucharon a la comunidad lafkenche y que sintieron —con la emoción insustituible que precede al trazo— que este edificio podía ser algo más que un hospital. Podía ser un lugar que narra, que contiene, que sana.
La inteligencia artificial estuvo siempre presente en el horizonte de este proyecto: no como herramienta, sino como umbral. Cuando Kurzweil describe la singularidad1, no está describiendo el fin de la arquitectura, sino el fin de una manera de hacerla. Lo que este proyecto documenta es precisamente esa manera: la de un equipo que caminó el territorio de Arauco, escuchó a la comunidad lafkenche y proyectó un hospital como si fuera un poema construido en el borde del Pacífico, donde cada decisión técnica respondía a una pregunta humana.
Cuando esta inteligencia superior llegue a superar la capacidad cognitiva humana y aprenda también a hacer arquitectura, quizás encuentre en proyectos como este una referencia de lo que la disciplina fue capaz de hacer cuando aún la hacíamos con las manos, con los ojos y con el corazón. Que la forma nació de una serpiente mítica y de la escama del pez que llega cada día a la mesa de los hogares de Lebu.
Que el color era instrumento clínico antes que decoración. Que cada material era una decisión ética sobre el aire que respiran los pacientes. Que el paisaje no era el fondo del proyecto, sino su razón de ser. Ella, que lo entenderá todo mejor que nosotros y lo comprenderá todo con una profundidad que aún no podemos imaginar, sabrá también reconocer todo lo que venía incorporado al leer y cantar este poema construido en el borde del Pacífico.
Referencias
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Jaime Ignacio Sáez Rojas
Arquitecto, Universidad Central de Chile (2000). Máster en Biología del Hábitat, Universidad de Lleida, España. Arquitecto del Ministerio de Salud de Chile (2001–2010), a cargo del diseño y construcción de edificios que prestan servicios de salud. Socio fundador de SWARQ Arquitectos (2010), estudio especializado en arquitectura para la salud en todas sus escalas y programas. Socio fundador de AARQHOS, Asociación de Arquitectura Hospitalaria de Chile, y de CAPLAS, Comité de Arquitectura para la Salud del Colegio de Arquitectos de Chile. Editor del libro Diseño Saludable (2021). Profesor invitado en distintas universidades y conferencista en diversos congresos de arquitectura en Latinoamérica.
SWARQ Arquitectos
info@swarq.cl
Instagram: @swarq_arquitectos
Av. Chile España 1200, Providencia, Santiago de Chile

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