Cuando recorro un quirófano en obra —con el piso sin terminar y los ductos de climatización todavía al descubierto— aparecen simultáneamente dos tipos de preguntas. Las que tienen que ver con la resolución técnica: los flujos de aire, la presión diferencial, la coordinación de instalaciones.
Y las que tienen que ver con lo que ese espacio va a significar para quien lo habite: el paciente que va a pasar por ahí con una mezcla de miedo y confianza, el equipo médico que va a operar bajo condiciones de máxima exigencia, la institución que va a sostener ese espacio durante las próximas décadas.
Esa tensión entre lo técnico y lo humano, entre la infraestructura invisible y la experiencia visible, es el núcleo de lo que intento elaborar en estas páginas. No desde una síntesis teórica sobre tendencias globales, sino desde la experiencia concreta de proyectar y acompañar infraestructura sanitaria en Argentina, en instituciones que uno llega a conocer con una profundidad que va mucho más allá del proyecto arquitectónico.
El hospital como sistema, no como edificio
Durante décadas, la arquitectura hospitalaria fue pensada desde una lógica predominantemente funcionalista. El hospital era un edificio organizado para alojar servicios médicos, resolver circulaciones y responder a exigencias normativas. La tecnología aparecía como un agregado progresivo que se incorporaba a estructuras relativamente rígidas, sin alterar su lógica de fondo.
Esa visión se quebró. La aceleración tecnológica, el crecimiento exponencial de los datos clínicos y operativos, la complejidad de los sistemas sanitarios contemporáneos y —sobre todo— las nuevas demandas de los pacientes exigen una mirada radicalmente diferente.
El paciente de hoy no es el de hace veinte años. Vivimos en una cultura donde la experiencia integral se convirtió en la expectativa mínima: uno va a una tienda de lujo y espera el café, va a un banco y espera el diseño, va a una institución sanitaria y espera —además de la atención médica— confort, claridad, calidez, eficiencia.
La salud no escapa a esa lógica. Quien entra a una institución sanitaria hoy no evalúa solamente si el médico es bueno: evalúa cómo lo recibieron, si el espacio lo tranquilizó o lo angustió, si todo funcionó con fluidez.
Esa transformación cultural es tan determinante como cualquier avance tecnológico. Y las instituciones sanitarias que lo entendieron dejaron de concebirse como edificios que alojan servicios para pensarse como ecosistemas inteligentes, capaces de integrar arquitectura, ingeniería, información, automatización, mantenimiento, sustentabilidad y experiencia del paciente dentro de un sistema interconectado y adaptable.
La arquitectura, en este paradigma, deja de ser un contenedor neutro para convertirse en una herramienta estratégica al servicio de la seguridad y la calidad de la atención sanitaria. Cada decisión de diseño —la ubicación de un cuarto técnico, la organización de circulaciones, la accesibilidad de una instalación para su mantenimiento— impacta directamente sobre la eficiencia clínica, la seguridad del paciente y la capacidad de evolución futura del conjunto.
La innovación ya no reside únicamente en el acto médico. Reside en la capacidad integral de la institución para anticiparse, responder y evolucionar de manera continua.
La infraestructura invisible
Existe una dimensión de los hospitales que los pacientes casi nunca perciben conscientemente, pero que sostiene silenciosamente cada acto médico: la infraestructura invisible. Climatización crítica, presión diferencial, control microbiológico, energía estabilizada, sistemas redundantes, automatización, gases medicinales, conectividad permanente, monitoreo continuo.
Una red técnica de altísima complejidad que opera en segundo plano para que todo lo demás —la cirugía, los cuidados, el diagnóstico— pueda ocurrir bajo condiciones óptimas. El bienestar, la seguridad y la experiencia del paciente dependen directamente de sistemas que nunca van a ver.
Diseñar esta capa invisible es uno de los desafíos más exigentes de la arquitectura sanitaria contemporánea. No solamente por su complejidad técnica, sino porque exige pensar simultáneamente en múltiples escalas de tiempo: en la operación diaria, en la próxima actualización tecnológica y en los veinte o treinta años durante los cuales ese edificio va a seguir funcionando cuando la medicina que hoy conocemos ya sea otra.
Hoy diseñar hospitales implica proyectar estructuras capaces de adaptarse a tecnologías que aún no existen, a modelos operativos en constante transformación.
La pandemia de COVID-19 evidenció esta necesidad con una claridad brutal. Los sistemas de salud más resilientes fueron aquellos capaces de transformar rápidamente sus espacios, reorganizar circulaciones y adaptar áreas críticas bajo presión extrema. La flexibilidad dejó de ser una cualidad deseable para convertirse en una condición indispensable de cualquier infraestructura sanitaria.


Reconversión permanente: los casos de Grupo Oroño
La transformación hospitalaria contemporánea no ocurre únicamente a través de nuevos edificios. Se expresa, con igual o mayor intensidad, en procesos continuos de reconversión funcional, actualización tecnológica y adaptación operativa de infraestructuras existentes. Proyectar en ese contexto —intervenir sobre un edificio que no puede dejar de funcionar, que tiene historias sedimentadas en sus muros y lógicas operativas en pleno movimiento— es una de las situaciones más complejas y reveladoras que puede enfrentar un arquitecto.
Distintos proyectos desarrollados dentro de Grupo Oroño permiten observar concretamente cómo esta lógica se despliega en la práctica.
GO Sanatorio Parque: del quirófano ambulatorio al programa robótico
Uno de los casos más representativos es la transformación integral del quinto piso del Sanatorio Parque. El antiguo servicio de cirugía ambulatoria evolucionó hacia un nuevo sector de alta complejidad con Programa Robótico. La intervención no implicó únicamente una actualización tecnológica: fue una redefinición completa de la experiencia del paciente, con nuevas lógicas de ingreso, circuitos quirúrgicos diferenciados, áreas de soporte específicas y sectores de internación diseñados bajo criterios de confort, eficiencia y seguridad.
La incorporación del Programa Robótico exige condiciones de infraestructura extremadamente precisas: climatización crítica, estabilidad energética, integración tecnológica, conectividad permanente. Pero el desafío más profundo —el que más interpela a la arquitectura— consiste en articular esa complejidad técnica con una experiencia humana más simple y cuidada. La tecnología tiene que estar presente, funcionando con precisión absoluta, pero sin imponerse en la percepción del paciente. Tiene que volverse invisible.
Lo que más nos marcó —y lo que terminó generando los cambios más potentes en el proyecto— fue el trabajo de relevamiento de flujos. No bastó con analizar cada especialidad por separado: primero relevamos los flujos individualmente con cada uno de los médicos, luego con las instrumentadoras, el anestesista, enfermería. En esa instancia surgieron ajustes valiosos.
Pero la verdadera transformación ocurrió cuando llevamos todo a la mesa: con el líder del proyecto, los médicos y los demás involucrados trabajando juntos. El diálogo grupal e interdisciplinario reveló tensiones, contradicciones y oportunidades que ninguna mirada individual había detectado. Ver el proyecto desde todos los ángulos simultáneamente, con los actores reales del proceso quirúrgico, fue lo que permitió resolverlo con la profundidad que un Programa Robótico requiere.

GO Sanatorio Funes: el nuevo Centro Ambulatorio Quirúrgico
La relocalización del servicio ambulatorio que liberó espacio en GO Sanatorio Parque no fue un simple movimiento de tablero. Fue la oportunidad de impulsar un nuevo proceso de expansión dentro de GO Sanatorio Funes, y la elección de esa localización no fue casual. Funes es una ciudad de menor densidad urbana, con entornos verdes y una escala humana que contrasta con el ritmo hospitalario de la ciudad. Para un servicio de cirugía ambulatoria, donde el paciente llega, se opera y se recupera en el mismo día, ese contexto importa: reduce el estrés previo a la intervención, favorece la recuperación y ofrece una experiencia que ningún edificio urbano puede replicar por sí solo. La decisión de llevar este servicio a Funes fue, en sí misma, una decisión de calidad asistencial.
La sustentabilidad es el eje estructural de este proyecto, y no en el sentido convencional del término. Antes de hablar de eficiencia energética o materiales de bajo impacto, la sustentabilidad empieza en la mesa de trabajo: en la capacidad de construir un programa que realmente refleje cómo va a funcionar el edificio.
El trabajo interdisciplinario temprano —con médicos, instrumentadoras, enfermería, gestión operativa y mantenimiento— es la primera forma de sustentabilidad: evitar que el proyecto acumule metros cuadrados mal comprendidos, flujos que se contradicen, espacios que en la práctica nunca van a usarse como fueron concebidos. Un proyecto que se retrabaja es un proyecto sustentable antes de poner el primer ladrillo.
Sobre esa base, el diseño incorpora una mirada sistémica sobre los flujos completos: desde el ingreso del paciente hasta la disposición final de los residuos patológicos. Cada tramo de ese recorrido —el acceso, la preparación, la circulación de insumos estériles, la salida de material contaminado— fue pensado para que no se crucen, no se dupliquen, no generen fricciones operativas.
La eficiencia de esos flujos es también eficiencia en consumo, en personal, en tiempo. Lo mismo aplica a los sistemas de gestión tecnológica: no se incorporan para cumplir un estándar, sino para ayudar a operar mejor cada área, reducir consumos innecesarios y anticipar problemas antes de que afecten la atención.
Lo que hace a este proyecto particularmente valioso es precisamente eso: la posibilidad —que pocas veces se tiene— de integrar desde el inicio arquitectura, instalaciones, flujos y sistemas de gestión dentro de una misma lógica. Sin capas superpuestas. Sin adaptaciones forzadas. Con la infraestructura y el espacio pensados juntos desde el primer trazo, para que el edificio funcione bien no solo el día de la habilitación, sino durante las próximas décadas.

Inteligencia operativa: BMS, datos y mantenimiento predictivo
Uno de los cambios más profundos en la gestión de infraestructura sanitaria contemporánea es la incorporación de tecnologías de automatización y gestión inteligente. Los sistemas BMS (Building Management Systems), el monitoreo en tiempo real, la integración de datos operativos y las herramientas de mantenimiento predictivo permiten optimizar recursos, anticipar fallas y mejorar significativamente la capacidad de respuesta institucional.
Pero hay algo que la experiencia de trabajar de cerca con la operación enseña con claridad: el verdadero valor de estas tecnologías no radica en la sofisticación técnica per se, sino en su integración estratégica dentro de una visión sistémica. La inteligencia hospitalaria no depende exclusivamente de tener tecnología avanzada. Depende de la capacidad de conectar información, infraestructura y operación dentro de un mismo ecosistema funcional coherente.
El mantenimiento, que durante décadas fue entendido como una tarea secundaria y reactiva, adquiere en este contexto una dimensión estratégica: ya no se trata de reparar lo que falla, sino de anticipar lo que podría fallar para que nunca ocurra. En entornos donde la continuidad operativa es una cuestión de seguridad sanitaria, esa distinción no es menor.
Sustentabilidad como resiliencia
La sustentabilidad adquiere una relevancia creciente dentro de la planificación sanitaria, y no únicamente por razones ambientales o económicas. Las instituciones sanitarias son estructuras de altísimo consumo energético.
Una institución que optimiza su consumo, que gestiona inteligentemente sus sistemas de climatización, que reduce su dependencia de la red eléctrica general, es una institución más robusta ante situaciones de emergencia. La eficiencia energética y la resiliencia institucional son, en este contexto, dos caras de la misma estrategia.
Hablar de sustentabilidad en arquitectura sanitaria es también hablar de estándares de calidad y seguridad: un sistema energético redundante no es solo ambientalmente responsable, es una condición de seguridad para el paciente. Un edificio diseñado para durar treinta años con mínima degradación de sus sistemas no es solo eficiente en términos económicos, es una garantía de calidad de atención sostenida en el tiempo.
La tecnología al servicio de lo humano
Ninguna transformación tecnológica tiene sentido si no mejora la experiencia humana dentro de los espacios de salud. La institución sanitaria inteligente no puede convertirse en un entorno deshumanizado dominado por dispositivos y lógicas automatizadas. Por el contrario: la tecnología debe actuar silenciosamente para potenciar el bienestar, reducir la incertidumbre, mejorar la seguridad y la calidad de atención.
La experiencia del paciente, la orientación espacial, el confort ambiental, la iluminación natural, la calidad acústica y la humanización de los espacios continúan siendo dimensiones esenciales de la arquitectura hospitalaria. La innovación tecnológica solo adquiere verdadero valor cuando logra integrarse de manera armónica a las necesidades humanas.
La institución sanitaria inteligente no es la que tiene más tecnología. Es la que usa la tecnología para que la atención, la seguridad y la experiencia humana funcionen mejor.
El hospital como organismo vivo
El hospital contemporáneo ya no puede entenderse únicamente como un edificio destinado a alojar servicios médicos. Comienza a consolidarse como un organismo vivo: un ecosistema inteligente donde infraestructura, tecnología, operación y experiencia humana funcionan de manera integrada y dinámica.
En este paradigma, la arquitectura hospitalaria deja de limitarse al diseño de espacios para transformarse en una herramienta estratégica capaz de anticiparse, adaptarse y sostener el funcionamiento continuo de la salud contemporánea. Una herramienta que, bien ejercida, permite que todo lo demás —la medicina, los cuidados, la confianza de quienes se atienden— funcione mejor.
La pregunta, sin embargo, no es solo técnica. En la práctica concreta de operar infraestructura sanitaria, la humanización se enfrenta a tensiones que los textos de arquitectura raramente nombran: los presupuestos de obra que se ajustan en etapas avanzadas del proyecto, las decisiones de mantenimiento que quedan subordinadas a la presión operativa diaria, los criterios de confort que ceden ante la urgencia de habilitar un sector. Sostener la calidad humana del espacio cuando el sistema real empuja en otra dirección es el desafío más honesto de nuestra disciplina.
Eso es lo que la arquitectura sanitaria tiene la responsabilidad de resolver, desde el primer trazo hasta el último año de vida útil del edificio. Y todavía, en muchos casos, está pendiente.

Simón Villavicencio
Arquitecto · Gerente de Infraestructura Edilicia · Grupo Oroño
Arquitecto con más de 20 años de trayectoria en proyectos de arquitectura, diseño y gestión de infraestructura sanitaria. Mi recorrido combina la práctica proyectual —desde la escala del detalle hasta la planificación estratégica de instituciones complejas— con una visión operativa construida desde adentro del sistema de salud. Desde el mantenimiento hasta la gerencia, pasé por cada capa del edificio hospitalario. Esa acumulación es la que hoy me permite integrar arquitectura, tecnología e infraestructura como un sistema único.
TRAYECTORIA PROFESIONAL
Gerente de Infraestructura Edilicia · Grupo Oroño 2010 – presente
Ingresé al Grupo en 2010 como Jefe de Mantenimiento de una de sus instituciones sanitarias. A lo largo de más de una década asumí responsabilidades crecientes hasta liderar hoy la transformación edilicia y operativa de todo el Grupo. Formo parte de la tercera generación en la conducción estratégica del Grupo junto a mis hermanos.
Presidente y Director · Espacio SVA — Arquitectura, Diseño y Construcción 2008 – presente
Estudio de arquitectura fundado en 2008, especializado en arquitectura sanitaria, diseño de interiores y gestión integral de proyectos. Desde Espacio SVA desarrollamos proyectos que combinan exigencia técnica y calidad de experiencia del usuario, con foco en instituciones de salud.
Socio · EDILIZIA — Desarrollos Constructivos 2017 – presente
Empresa pionera en innovación constructiva, primera en el país en certificar innovación y tecnología en el rubro (ISO 19650-2). Ganadora del premio «Construyendo Futuro», otorgado por CICyP y CAMARCO.
Arquitecto de proyectos · F&B Arquitectura — Bruera & Franco 2000 – 2009
Durante 9 años me formé en este estudio especializado en arquitectura hospitalaria, bajo la dirección de los Arqs. Mario Bruera y Ariel Franco. Allí se consolidó mi vínculo con la arquitectura sanitaria como práctica específica y exigente.
FORMACIÓN ACADÉMICA
Arquitecto · Universidad Abierta Interamericana (UAI)
Máster en Interiorismo · IED — Istituto Europeo di Design, Madrid, España
Posgrado en Arquitectura Sustentable · Universidad de Palermo (UP) — múltiples cursos y programas
Programa de Dirección para PyMEs (IAE) · Universidad Austral
Cursos en Arquitectura Hospitalaria · AADAIH — Asociación Argentina de Arquitectura e Ingeniería Hospitalaria
Formación en calidad y acreditación hospitalaria · ITAES — Instituto Técnico para la Acreditación de Establecimientos de Salud
ÁREAS DE ESPECIALIZACIÓN
— Arquitectura e infraestructura sanitaria de alta complejidad
— Gestión integral de proyectos hospitalarios en edificios operativos
— Trabajo interdisciplinario con equipos médicos, técnicos y de gestión
— Sistemas BMS, mantenimiento predictivo y eficiencia operativa
— Sustentabilidad aplicada a infraestructura sanitaria
— Diseño centrado en la experiencia del paciente
— Certificación ISO 19650-2 (BIM y gestión de activos)
svillavicencio@grupoorono.com.ar · Rosario, Santa Fe, Argentina

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