La arquitectura hospitalaria atraviesa una transformación que va más allá de la incorporación de tecnología. Durante décadas, el debate disciplinar se centró en qué sistemas instalar, qué equipamiento incorporar, qué niveles de automatización alcanzar.
Hoy, el foco se ha desplazado hacia una pregunta más profunda y más difícil: cómo diseñar espacios que, en su configuración misma, sean capaces de sostener la vida con mayor eficiencia, seguridad y humanidad.


En este contexto, BIM (Building Information Modeling) ha emergido no como un software de dibujo avanzado, sino como una metodología de pensamiento proyectual. Su valor no reside en la potencia de renderizado ni en la capacidad de producir documentación técnica automatizada, aunque ambas sean consecuencias bienvenidas. Su valor reside en algo más esencial: la posibilidad de anticipar, coordinar y evaluar el comportamiento integral de un edificio antes de que exista físicamente.
Este artículo propone explorar cómo la implementación de BIM en la coordinación de sistemas MEP en centros de salud constituye, en sí misma, una decisión arquitectónica y no meramente técnica. Recordemos que MEP (Mechanical, Electrical, and Plumbing) es la disciplina encargada de diseñar y modelar los sistemas internos que hacen un edificio habitable, seguro y funcional, integrando climatización, iluminación, redes eléctricas y plomería en el modelo arquitectónico.
Esta decisión, cuando está bien articulada, impacta directamente en la organización de los flujos, en la calidad de los recorridos críticos, en la experiencia del paciente y, en última instancia, en la calidad asistencial del conjunto.


BIM en salud: más allá de la coordinación de interferencias
El primer encuentro entre especialistas involucrados en un proyecto con BIM se produce a través de un caso concreto y muy tangible: la detección de interferencias. El modelo tridimensional permite identificar, antes de la construcción, aquellos puntos donde un ducto del sistema de climatización colisiona con una viga estructural, o dónde una tubería de desagüe compite en altura con una canalización eléctrica.
Esta capacidad tiene un valor innegable: reduce costos de obra, evita demoliciones imprevistas y acorta plazos. Pero reducir BIM a una herramienta de coordinación de interferencias es perder de vista su dimensión más estratégica.
En la arquitectura para la salud, el modelo BIM bien desarrollado es, ante todo, un instrumento de verificación de la lógica funcional del espacio. Permite responder preguntas que, en etapas tempranas del proyecto, suelen quedar sin respuesta satisfactoria.
¿Es posible mantener la separación entre el circuito limpio y el sucio en la totalidad del pabellón quirúrgico? ¿La distribución de los puntos de gases medicinales responde al protocolo de uso de cada área? ¿Las rutas de evacuación de pacientes en camilla quedan libres de instalaciones colgantes en su recorrido completo?
Estas preguntas no son técnicas en sentido estricto: son preguntas de diseño. Y el modelo BIM, cuando incorpora los sistemas MEP desde etapas tempranas del proceso del proyecto —no como complemento tardío sino como parte constitutiva del partido arquitectónico—, se convierte en el dispositivo que permite responderlas con evidencia tridimensional, cuantificable y compartida por todo el equipo.


Flujos y recorridos críticos: el espacio como protocolo
En un establecimiento de salud, la organización del espacio no es una cuestión estética ni únicamente funcional en el sentido convencional del término. Es, en sentido estricto, un protocolo. La disposición de una sala de espera, la distancia entre el ingreso de urgencias y el quirófano, la ubicación de los depósitos de residuos patológicos en relación con los ascensores de servicio: cada una de estas decisiones tiene consecuencias directas sobre la seguridad del paciente, la carga de trabajo del personal y la eficiencia operativa del establecimiento.
El modelo BIM permite mapear estos flujos con una precisión que los planos bidimensionales nunca pudieron alcanzar. No solo porque es posible representar los recorridos en tres dimensiones, sino porque el modelo puede integrarse con datos de gestión: tiempos de desplazamiento, volúmenes de tránsito, frecuencias de uso por área.
Esta integración entre geometría y datos convierte al modelo en una herramienta de simulación del comportamiento real del edificio antes de su construcción.
Un ejemplo particularmente revelador es la coordinación de los sistemas MEP en las áreas críticas de un hospital: quirófanos, unidades de cuidados intensivos, neonatología. En estos espacios, las instalaciones no son un trasfondo invisible, son protagonistas. La gestión de la presión de aire, la zonificación térmica, el abastecimiento ininterrumpido de gases medicinales, la redundancia en los circuitos eléctricos: todos estos sistemas deben coexistir en espacios de dimensiones acotadas, con alturas libres que no pueden sacrificarse y con requerimientos de mantenimiento que deben ser accesibles sin interrumpir la actividad asistencial.
La coordinación BIM de estos sistemas no solo garantiza que quepan en el espacio. Garantiza que estén donde deben estar, que sean accesibles cuando deben serlo y que su disposición responda a la lógica de uso del espacio y no a la lógica de ejecución por gremios independientes. Esta distinción, aparentemente sutil, tiene consecuencias profundas: un hospital donde los sistemas MEP fueron coordinados desde el diseño tiene corredores de servicio transitables, plafones registrables con sentido, y espacios técnicos que no interfieren con los flujos asistenciales.
La infraestructura invisible y su impacto en la experiencia del paciente
Existe una paradoja en la arquitectura hospitalaria contemporánea: los sistemas que más impactan en la experiencia del paciente son, precisamente, los que este no percibe de manera consciente. La calidad del aire en una habitación de internados, la temperatura de una sala de espera, la intensidad y el espectro de la iluminación en una zona de procedimientos, el nivel de ruido en una unidad de cuidados intensivos: ninguno de estos factores es visible, pero todos configuran de manera determinante el entorno en el que transcurre el proceso de atención.
La investigación en ambiental hospitalaria ha demostrado con consistencia que estos factores inciden en resultados clínicos medibles. La exposición a luz natural en habitaciones de internación está asociada a menores tiempos de recuperación postoperatoria. Los niveles de ruido elevados en UCI impactan negativamente en la calidad del sueño de los pacientes y en la tasa de delirium. La temperatura y la humedad relativa en quirófanos no son solo cuestiones de confort del equipo quirúrgico: son variables que inciden en el riesgo de infección del sitio operatorio.
El modelo BIM permite integrar estas variables desde el diseño. La simulación energética vinculada al modelo arquitectónico y MEP permite anticipar el comportamiento térmico de los espacios a lo largo del año, identificar zonas con sobrecalentamiento o pérdidas de energía, y ajustar la envolvente y los sistemas en consecuencia.
El modelado de la iluminación natural y artificial permite verificar niveles de intensidad lumínica por área antes de que se defina la composición definitiva de los techos o plafones. La simulación acústica permite identificar, en etapa de proyecto, las vías de transmisión de ruido entre unidades y proponer soluciones de aislamiento específicas.
En todos estos casos, el modelo no reemplaza el juicio del arquitecto: lo potencia. Le entrega información que, sin el modelo, solo podría obtenerse mediante costosas inspecciones postocupación o, en el mejor de los casos, mediante la intuición acumulada de años de práctica. La tecnología, en este sentido, pone al servicio de lo esencial aquello que antes dependía exclusivamente de la experiencia individual.

Resiliencia y adaptabilidad: diseñar para lo que no sabemos
La pandemia de COVID-19 dejó una enseñanza arquitectónica que no puede ignorarse: los hospitales más capaces de responder a la crisis no fueron necesariamente los más modernos ni los mejor equipados. Fueron aquellos cuya lógica espacial permitía reconfiguraciones rápidas sin necesidad de obras mayores. Aquellos donde la infraestructura de instalaciones había sido pensada con márgenes de capacidad. Aquellos donde los flujos podían modificarse sin colapsar la lógica de funcionamiento del conjunto.
Esta capacidad de adaptación —la resiliencia en sentido arquitectónico— no es una propiedad que se agrega al diseño como un componente más. Es el resultado de decisiones tomadas en etapas tempranas, cuando el edificio aún no existe y cuando es posible modificar sin costo aquello que, una vez construido, resulta extraordinariamente caro de cambiar.
BIM es una herramienta privilegiada para proyectar resiliencia. La capacidad de generar variantes del modelo, de evaluar el impacto de diferentes configuraciones espaciales, de verificar la viabilidad de ampliaciones futuras sin interferir con las áreas en funcionamiento: todo esto puede hacerse en el modelo antes de que se defina el proyecto definitivo.
Las unidades de internación modulares, los espacios de servicio con capacidad instalada para usos alternativos, los sistemas MEP dimensionados con reserva de capacidad: estas decisiones se toman en el tablero y el hoy modelo BIM es el tablero más completo y preciso disponible.
Desde un centro de atención primaria hasta un hospital de alta complejidad, la escala varía. Pero la pregunta es la misma: ¿este espacio podrá seguir siendo útil en diez, veinte, treinta años, cuando los protocolos, las tecnologías y las demandas de salud sean diferentes a los actuales? Proyectar con BIM no garantiza la respuesta afirmativa, pero aumenta significativamente la probabilidad de alcanzarla.

Hacia una práctica integrada: el modelo como lenguaje común
Uno de los mayores obstáculos para la implementación efectiva de BIM en proyectos de arquitectura hospitalaria no es tecnológico: es cultural. El proceso de diseño de un centro de salud involucra actores heterogéneos —arquitectos, ingenieros de distintas especialidades, equipos médicos, gestores hospitalarios, autoridades regulatorias— que habitualmente trabajan en secuencias relativamente lentas, con poca interoperabilidad entre las distintas etapas y disciplinas.
El modelo BIM, correctamente implementado, puede funcionar como un lenguaje común que articula a todos estos actores en torno a una representación compartida del edificio. No se trata de imponer la lógica del arquitecto sobre el ingeniero, ni la del médico sobre el gestor: se trata de disponer de una plataforma donde las decisiones de cada disciplina sean visibles para las demás, donde las consecuencias de cada elección puedan evaluarse en su impacto sobre el conjunto.
Esta integración disciplinar tiene un impacto directo en la calidad del proyecto. Cuando el equipo de MEP participa desde las etapas conceptuales del diseño es posible incorporar las necesidades de espacio técnico, altura de entrepiso y trayectorias de instalaciones en la lógica espacial del proyecto, y no como una imposición tardía que obliga a comprometer decisiones ya consolidadas. Cuando el equipo médico puede recorrer virtualmente el modelo en etapas de diseño preliminar es posible detectar inconsistencias entre el espacio proyectado y los protocolos de atención antes de que esas inconsistencias nos generen cambios y costos adicionales.
La coordinación MEP en modelos BIM de centros de salud no es, en definitiva, una tarea técnica de resolución de conflictos entre sistemas. Es una práctica de diseño integrado donde la tecnología sirve a un propósito humano: crear espacios donde la atención de la salud pueda prestarse con mayor seguridad, eficiencia y dignidad.
Conclusión: la tecnología al servicio de lo esencial
El lema que orienta esta edición del Anuario de la AADAIH —”La tecnología al servicio de lo esencial”— expresa con precisión el desafío que enfrenta hoy la arquitectura para la salud. No se trata de incorporar BIM porque es moderno, ni de coordinar MEP en modelos tridimensionales porque la tecnología lo permite. Se trata de preguntarse, en cada proyecto y en cada decisión proyectual, qué es lo esencial que queremos potenciar.
Lo esencial, en un centro de salud, es la calidad de la atención, la seguridad del paciente, la eficiencia del personal, la capacidad del espacio de sostener, durante décadas, los procesos que en él transcurren. Y cuando BIM y la coordinación MEP se ponen al servicio de estos objetivos —cuando el modelo tridimensional es la herramienta con la que el arquitecto verifica que los flujos son seguros, que los recorridos son eficientes, que los sistemas sostienen el confort sin comprometer el espacio asistencial—, entonces la tecnología ha cumplido su función más alta.
El espacio hospitalario del siglo XXI no será aquel con más sistemas integrados ni aquel con más metros cuadrados de pantallas digitales. Será aquel donde el paciente no necesite pensar en la arquitectura porque el espacio le brinda, de manera silenciosa y precisa, todo lo que necesita para sanar. Y ese espacio solo puede proyectarse cuando la tecnología sirve al diseño y el diseño sirve a lo esencial.
Referencias
Eastman, C., Teicholz, P., Sacks, R., & Liston, K. (2011). BIM Handbook: A Guide to Building Information Modeling for Owners, Managers, Designers, Engineers and Contractors (2nd ed.). Hoboken, NJ: Wiley.
Ulrich, R. S., Zimring, C., Zhu, X., DuBose, J., Seo, H. B., Choi, Y. S., & Joseph, A. (2008). A review of the research literature on evidence-based healthcare design. Health Environments Research & Design Journal, 1(3), 61–125.
Pati, D., & Nanda, U. (2011). Influence of positive distractions on children in two clinic waiting areas. Health Environments Research & Design Journal, 4(3), 124–140.
buildingSMART International. (2022). IFC4 ADD2 TC1: Industry Foundation Classes. Recuperado de https://www.buildingsmart.org
Organización Panamericana de la Salud. (2015). Guía de diseño arquitectónico para establecimientos de salud. Washington, DC: OPS/OMS.
González-Méndez, A. (2020). Resiliencia hospitalaria y diseño flexible: lecciones de la pandemia. Cuadernos de Arquitectura y Diseño, 18(2), 44–61.
Edmundo Terán
Ingeniero Bioquímico Industrial con 36 años de experiencia profesional en el ramo de proyectos de infraestructura.
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Alejandro C. Estévez
Profesionista con 25 años de experiencia en el sector de las Comunicaciones y Tecnologías de Información, con sólida formación y experiencia dirigiendo exitosamente empresas del ramo.
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Desempeño exitoso en las distintas operaciones y proyectos que involucran a la
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facilidad para integrar equipos altamente competitivos y dinámicos.
Orientado a resultados, altamente motivado, desarrollador de equipos de trabajo,
habilidad probada para la selección, desarrollo y promoción del personal.
Amplio conocimiento y habilidad en la administración de proyectos de construcción, implementación y servicios, particularmente en el sector salud para hospitales públicos y privados en México.



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