El concepto de arquitectura salutogénica ha sido desarrollado por varios miembros de la International Academy for Design and Health. En particular por Alain Dilani, quien lo contrapone al concepto de patogénico, y señala que históricamente los hospitales han sido proyectados con apariencia de fábrica y enfocados en el tratamiento de la enfermedad, pero sin tener en cuenta las necesidades psicológicas, sociales y espirituales del paciente.
Al respecto, entiende que la arquitectura y el espacio no son neutrales; en cambio, pueden provocar estímulos positivos o negativos en el estado de salud de las personas. Si bien la arquitectura no es curativa, sí puede ser terapéutica al ofrecer un ámbito que mejore la experiencia de pacientes, acompañantes y personal.
Es posible identificar, a la vez, la elaboración de Dilani a partir de la teoría de Aaron Antonovsky llamada Salutogenic Model of Health (SMH) y expuesta en el libro Health, Stress and Coping. Health, stress and coping significa salud, estrés y habilidad para manejar la presión, y puede considerarse una síntesis del concepto de salutogénesis. Antonovsky sostuvo que las teorías y políticas sanitarias debían enfocarse en los factores de bienestar en lugar de los factores de riesgo. La etimología de la palabra salutogénesis (salud + génesis), significa origen de la salud.
Mientras que el concepto tradicional patogénico parsoniano1 parte de considerar la vida como algo inherentemente estable y regular con situaciones estresantes puntuales, en la visión de Antonovsky la vida es de por sí turbulenta e inherentemente llena de conflictos y situaciones estresantes. En diferentes estudios, Antonovsky observa que la salud no se daña necesariamente a partir de situaciones estresantes, al menos no de un modo regular/equivalente.
El autor analizó que frente a la misma situación y con las mismas características físicas, había personas que habían sobrevivido a los campos de concentración del nazismo mientras que otras no. Desde allí se interesó por las rupturas —breakdowns en sus textos— que habrían provocado que, ante una misma situación, una persona se enfermara y otra no. A partir de estos contrastes desarrolló el concepto de los recursos de resistencia generalizados —generalized resistance resources (GRRs)— : cualquier característica de la persona, el grupo o el entorno que pueda facilitar el manejo efectivo de la tensión.

El típico enfoque del modelo tradicional patogénico en el que las condiciones de salud y enfermedad se entienden como mutuamente excluyentes fue criticado por Antonovsky. En cambio, propuso entender la salud como un continuo entre dos polos de bienestar —salud— y de malestar —enfermedad—, donde no es posible que un organismo vivo logre la salud perfecta o el estado completo de enfermedad.
Para él toda persona tiene alguna parte insalubre, a pesar de que se considere saludable, y a la vez aún en los estados terminales, mientras haya vida algo del individuo se encuentra saludable. Por ello sostiene que el énfasis no debe hacerse en el hecho de que una persona esté sana o enferma, sino en qué lugar de este continuum salud/enfermedad se ubica en cada momento.

Según Antonovsky existen tres componentes clave que explican la capacidad de una persona para moverse hacia el lado de lo saludable: la comprensibilidad —capacidad del sujeto para comprender cómo está organizada su vida y cómo se sitúa frente al mundo—, la manejabilidad —ser capaz de manejar su vida— y la significatividad —sentir que la propia vida está orientada hacia metas que desea alcanzar, que tiene sentido—.
A partir de estos componentes, diferentes investigadores como Levi, Kagan, Emdad y Kalimo, entre otros, desarrollaron modelos de estrés que ilustran cómo el ambiente físico puede afectar la salud y el bienestar del ser humano. Estos modelos hacen posible preguntarse qué rol juega la arquitectura y analizar el concepto de arquitectura salutogénica ya que, según Antonovsky, el impacto de una situación externa en una persona está mediado por los recursos psicológicos, sociales y culturales de los que dispone.
El objetivo básico del diseño salutogénico es generar un proceso mental que, atrayendo la atención humana, pueda reducir la ansiedad y promover emociones y estados psicológicos positivos. A partir de esto, esta teoría identifica el control personal, la tranquilidad, la luz suave, la naturaleza, el arte, la música, las proporciones de la arquitectura, los puntos de referencia, el apoyo social, los espacios con poca gente, el color, el control acústico, la luz diurna, la separación de los estímulos diarios, la necesidad de estímulos atractivos, el buen dormir y las formas ergonómicas, como factores positivos y salutogénicos.

El desafío de un edificio salutogénico es ofrecer los servicios médicos y asistenciales más apropiados y en un ambiente estimulante tal que puedan tanto acompañar el proceso terapéutico de los pacientes, como generar un lugar de trabajo disfrutable y eficiente para el personal.
Puede asimilarse al concepto de humanización, introducido por Alvar Aalto en el diseño del Hospital de Paimio en Finlandia, olvidado durante décadas y ahora muy utilizado. Las elaboraciones conceptuales alrededor del término humanización van en el mismo sentido. Un ejemplo de ello es el trabajo de Bitencourt, Barroso-Krause y Costa, donde explican la teoría de la jerarquía de las necesidades de A. Maslow y F. Herzberg en los años 60.
Estos autores clasifican las necesidades de una persona en cinco niveles: fisiológicas (sed, hambre, abrigo), seguridad (protección contra el peligro), sociales (amistad, pertenencia a grupos), autoestima (reputación, amor) y autorrealización (aprobación social). A medida que las necesidades de los niveles más bajos son satisfechas, aparecería la necesidad de satisfacer las necesidades que continúan en la escala.

Bitencourt, Barroso-Krause y Costa ubican la necesidad de humanización de los espacios para la salud como respuesta a las necesidades más elevadas de la pirámide: autoestima y autorrealización, para lo cual también utilizan el concepto de empoderamiento —patient empowerment paradigm—. En este sentido la humanización de la atención de la salud podría revertir el proceso de la medicina de procedimientos por medio de la mejora del confort físico y psíquico del paciente orientado a una misión de cuidar y curar.
A la vez, el concepto salutogénico se articula con la definición de la OMS: “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”2 .
Asimismo, estas teorías no pueden separarse ni de la ampliación de derechos de finales del siglo XX y comienzos del XXI, ni del empoderamiento de los pacientes en la relación, siempre asimétrica, profesional-paciente. Lo mismo puede decirse de la crítica a tratamientos considerados ineficaces, agresivos y potencialmente iatrogénicos como el abuso en el uso de antibióticos, la utilización excesiva y simultánea de medicamentos y la adopción de soluciones quirúrgicas innecesarias.
En esta línea, la OMS ha emitido recientemente un largo documento3 donde señala la importancia de no provocar daños evitables en los pacientes. Si bien su orientación es básicamente hacia los procedimientos, evidentemente tiene puntos de contacto con la calidad del espacio físico.

Ambas definiciones —la de salud de la OMS y la del diseño salutogénico— parten de concepciones más holísticas: por un lado, entender la salud como una construcción cultural, psíquica y subjetiva además de biológica; por otro, concebir a un establecimiento de atención de salud (EAS) como un hecho arquitectónico donde además de realizarse procedimientos relacionados con la atención de la enfermedad, concurren pacientes y acompañantes con un alto grado de vulnerabilidad física y psíquica, y cumple funciones personal que trabaja con altos niveles de estrés.
Quien asiste a una institución de salud comparte una característica particular: concurre por una necesidad habitualmente no placentera. Esta especificidad produce, por lo tanto, que las personas establezcan una relación especial con el espacio de los EAS, diferente de la establecida con otro tipo de espacios. Las emociones y las experiencias son parte central del proceso salud/enfermedad y son influidas por los estímulos ambientales.
Si bien estos planteos —teóricos pero verificables en la obra construida— han atravesado la disciplina de la arquitectura durante distintos momentos históricos, han tomado mayor fuerza en los últimos treinta años, debajo del paraguas de lo fenomenológico y por medio de autores como Juhani Pallasmaa, Steven Holl y Alberto Campos Baeza, entre otros. Ellos entienden que el impacto mental de la arquitectura no tiene su origen en un juego formal o estético, sino que surge a partir de la experiencia de quienes transitan la obra construida.
Pallasmaa lo explica de la siguiente manera: “la arquitectura es multisensorial; las cualidades del espacio, de la materia y de la escala se miden a partes iguales por el ojo, el oído, la nariz, la piel, la lengua, el esqueleto y el músculo. La arquitectura fortalece la experiencia existencial…” (Pallasmaa, 1996) y “una obra de arquitectura no se experimenta como una serie de imágenes retinianas aisladas; se toca y se vive en su material completo e integrado, en su esencia corporal y espiritual”. (Pallasmaa, 1996)
Mientras tanto, para Holl “la arquitectura se entiende inicialmente como una serie de experiencias parciales más que como una totalidad… Reafirma al cuerpo humano como el lugar de la experiencia”. (Holl, 2014)
Como consecuencia de la exploración de estas ideas, tanto en la arquitectura en general como en la arquitectura específica para la salud, es que han aparecido y ocupado un lugar en la discusión teórica y en los proyectos, a partir de la década de los 90 pero más intensamente en este siglo, otros conceptos o aspectos.
Se trata de la necesidad del ser humano de estar en contacto con la naturaleza, la iluminación natural, las visuales al exterior, la necesidad de armonía física y psicológica entre el ser humano y el espacio físico, la sustentabilidad energética y de recursos de los edificios, la creación de espacios contenedores que puedan reducir la ansiedad y promuevan emociones y estados psicológicos positivos, la posibilidad de orientarse de manera más intuitiva en los edificios, etc.
Notas
1 Por Talcott Parsons (1902-1979) sociólogo estadounidense, considerado una de las figuras más influyentes en el desarrollo de la sociología en el siglo XX.
2 https://www.who.int/es/about/who-we-are/frequently-asked-questions
3 Organización Mundial de la Salud (2021). Global patient safety action plan 2021–2030: towards eliminating avoidable harm in health care. OMS, Ginebra, Suiza.
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Luciano Monza
Doctor Arquitecto, Especialista en Planeamiento del Recurso Físico en Salud de FADU UBA y en Ciencias Sociales y Salud de CEDES FLACSO. Presidente (2008-2010), vicepresidente (2010-2012) y miembro de Comisión Directiva de AADAIH. Miembro del Council Meeting de IFHE desde 2012. Disertante en congresos y seminarios de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, Italia, México, Noruega, Perú, Uruguay y Venezuela.
Presidente del 22° Congreso Latinoamericano de Arquitectura e Ingeniería Hospitalaria (2011) y del XXIII Congreso Mundial de IFHE (2014). Director del posgrado Proyecto de Edificios para la Salud FADU UBA AADAIH. Docente de posgrado en Argentina, Brasil, Bolivia y España.
Socio de ArquiSalud SSP (Planificación, Proyecto y Dirección de Edificios para la Salud) www.arquisalud.com.ar
ljmonza@gmail.com

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